Al hacer uso de las redes sociales, como el Facebook, por ejemplo, colgamos todo, exteriorizamos todo nuestro mundo privado. "No solo ponemos en bandeja al mundo entero nuestros secretos, sino que, si somos víctimas de un “hackeo”, podemos peligrar en muchos sentidos porque solemos hablar todo tipo de temas por las redes sociales. A la larga la tecnología no modifica o mejora nuestros comportamientos". Así lo señala el Mg. Jerjes Loayza Javier, quien añade que perdemos, en buena medida, la capacidad de reflexionar a fondo.
"El chat, ya sea a través del Facebook o del WhatsApp, nos lleva a comunicarnos entrecortadamente, como si habláramos. Nos acostumbramos a responder, a colgar fotos, a comentar y a vivir virtualmente, en la total inmediatez. El espacio tiempo da lugar al espacio velocidad. Ejemplo de ello es que ya casi pocos jóvenes usan el correo electrónico. Todo lo envían como archivo adjunto en sus charlas entrecortadas del WhatsApp o del Facebook", comenta.
Una consecuencia de esta actitud, indica Jerjes, es que a los jóvenes les cuesta hilvanar ideas en párrafos enteros, puesto que han acostumbrado sus mentes a la oralización del pensamiento, es decir, al aquí y ahora. "No hay proyección reflexiva de ningún tipo. Hacemos lo que nos place y decimos lo que pensamos, vivimos el presente como si fuera lo único que importara. Denomino a esto un carpe diem desvirtuado o enloquecido".
No obstante, así como vivimos el día a día, contradictoriamente todo cuanto publicamos es perennizado en la red, por más que nos esforcemos en borrarlo tiempo después. Las fotos o nuestras opiniones pueden quedar grabadas en alguna memoria curiosa. "En el mundo cara a cara eso sería normal, decir tonterías o burlarnos los unos de los otros es algo cotidiano, pero ¿y qué si lo establecemos en la red? ¿Ello no podría llegar incluso a representar un grave peligro para nuestro futuro? Estamos en tiempos hedonistas en donde el mañana parece importar poco", asevera Loayza Javier.
En las redes sociales nuestras propias emociones derivan, cada vez más, en un desinterés por lo social o lo colectivo. "En las redes sociales la privacidad tanto propia como ajena es su máximo valor, junto a consumos superficiales, sin contenido reflexivo alguno. Es el consumo masivo de lo irrelevante. Si ello fuera solo así, no habría que protestar al respecto; el problema es cuando este tipo de consumo se va imponiendo a todo aspecto de la vida juvenil".
Precisó que los movimientos ciudadanos juveniles que utilizan las redes sociales como impulso para sus objetivos son la excepción, no la regla. Las redes sociales son en primera y común instancia, para el uso cotidiano y privado, más que para empoderamientos colectivos repentinos e inesperados. "Lo que vemos cada vez más es un divorcio con los problemas que acontecen en nuestra sociedad. Son tiempos egoístas en donde, al parecer, incluso el presente no merece atención, en la medida que no nos entretenga", anota Loayza Javier.